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martes, 14 de diciembre de 2010

ADVIENTO

        Al igual que en la celebración del Triduo Pascual, o en la misma Misa durante la Eucaristía, no sólo recordamos la pasión, muerte y Resurrección de Nuestro Señor, sino que el santo sacrificio queda completamente actualizado, para redimir al hombre de todos los tiempos, la Navidad, igualmente, no sólo tiene que despertar en nosotros el recuerdo de algo que aconteció hace más de 2000 años y que queda lejos; es cierto que el nacimiento de Cristo (al igual que su muerte y Resurrección), fue un hecho ocurrido una vez en la Historia,  pero no es menos cierto que su validez durará por toda la eternidad: Cristo viene al mundo cada vez que un corazón puro lo llama, nace en el interior de cada pecador arrepentido, o dentro de los que viviendo ya en comunión con Él, quieren vivir la fe de forma verdaderamente profunda, sin conformarse con medianías. Por ello el Adviento es tiempo de espera, no un tiempo litúrgico que se repite todos los años sin más, sino un período de preparación para el reconocimiento de la venida de Jesúcristo al mundo, de la encarnación de todo un Dios en uno de nosotros: ¡puede haber prueba de amor más grande! Consideremos también que la Natividad de Nuestro Señor forma parte del plan de salvación divino; no es un hecho aislado, sino que está en perfecta sincronía con su muerte y Resurrección, y también, por supuesto, con la segunda venida que un día habrá de realizarse: todo ello consituye la esperanza mesiánica; por ello, cuando en estas fechas nos preparamos para el nacimiento de Cristo, hacemos mucho más; fijamos la vista en la consumación de la promesa de Dios. Así ha pensado siempre la Iglesia; basta con que recordemos el Canto de la Sibila, celebración que aún hoy día se realiza en algunas ciudades por Navidad, y en la que la profetisa anuncia el fin de los tiempos.
        ¡Feliz Adviento para todos, y mucha esperanza!

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